Platón en tu bolsillo

Está claro que la filosofía está algo mitificada y que los profes tenemos el poder de disolver el mito. Sí, sí que es para tanto y en dos sentidos: el primero, porque es cometido del profesor transmitir pasión y entusiasmo por lo que enseña, el segundo, porque no puede perderse de vista el objetivo de fomentar el autoconcepto (académico y personal) del alumno, esto es: de ayudarlo a que se sienta capaz de dirigir su propio proceso de aprendizaje.

Esto puede hacerse, o puede no hacerse. Si uno entra en clase, con la boca tan llena de palabras incomprensibles que la presión por liberarlas apura la pedantería del profe, y este se pone a pronunciarlas elegantemente, dejándolas flotar en el aula, entonces sí: los alumnos se asustan y es normal. Básicamente porque el halo de palabras nuevas, y más que las propias palabras la manera retorcida y distante de presentarlas –sin andamiaje, que diría Bruner – , sirve para recordar al alumno lo incompetente que es, pues no es capaz de seguir el discurso filosófico -¡oscuro!- del profe.

A estos personajes – personas :) – les pasa que confunden la oscuridad con la inteligencia. Y a mí, que a veces peco de listilla, me da por llamarlos – con cariño – intelectualoides. Para ellos un regalo: el rigor no está reñido con una clase amena, sencilla, despierta.

Más que pena, me atiza en la nariz que la necesidad de mimar la propia arrogancia de algunos profes aleje a los alumnos de la filosofía. ¡Y tanto! Los aleja porque les hace percibir que el discurso filosófico está por allá en algún lugar de las alturas, casi rozando el Mundo de las Ideas platónico, y claro para llegar a alcanzarlo hay que ponerse de puntillas. Supone mucho esfuerzo alcanzarlo, ¡estudiar filosofía no vale la pena!

Pues he aquí un claro ejemplo del Efecto Pigmalión, o de cómo las expectativas que tiene un profesor sobre la capacidad de un alumno afectan a su rendimiento. Si el alumno percibe que el profesor considera que no está preparado para comprender sus clases, desistirá. Aquí llegan los típicos “es que a mí esto de la filosofía no se me da bien”. Ya, claro, claro. Y este es el pescadito que se muerde la cola: el alumno no se esfuerza tanto porque asume que el nivel actual es inamovible, consustancial a su naturaleza. Casi como si el proceso de aprendizaje no fuera eso, un proceso en el que el punto de partida es, generalmente, menos rico que el camino que queda por andar. Y así, con su menor esfuerzo acaba por cumplir las expectativas que el profesor tiene de él: la profecía autocumplida, que suena a bote pronto como a ciencia ficción, tiene este mecanismo bastante lógico.

En un sentido inverso se sucede la magia: cuando el profe proyecta expectativas positivas sobre el alumno, cuando lo juzga como capaz de un rendimiento excelente, el alumno obtiene mejores resultados. ¡Tachán!

Pero vuelvo a mis profes de filo: está claro que deslizar discursos ininteligibles – cómo me gusta esta palabra – en el aula y permanecer impávido u orgulloso ante las caras de ciencia ficción que ponen los alumnos porque no entienden nada, es muy del estilo de Góngora que afirma que le causa honra hacerse oscuro a los ignorantes. Qué majo el tío. Así el alumno percibe lo tonto que es, y el profe se infla como un papagayo que se sabe dueño del territorio. Un territorio ocupado, pero de eso el papagayo no es consciente. No, porque está ocupado en esto de transmitir entusiasmo no tanto por lo “lo que enseña” como por “lo que sabe”.

Qué pena lo que se pierden. Las caras de sorpresa y las miradas redondas, abiertas e impregnadas de curiosidad afilada. Cuestionamientos de ideas desde la mirada adolescente, propuestas incendiarias, brillantes, ágiles. Momentos de despertar de conciencias, de autodescubrimiento -¡madre mía, si soy capaz de filosofar!, ¡qué fuerte, me han dicho que lo he hecho bien!, ¡le he hablado a mis padres de filosofía! -, complicidad y agradecimiento, crecimiento, aprendizaje crítico.

Pero claro, para esto es necesario verter nuestro entusiasmo en el alumno para ilusionarlo, ¡para encenderlo!

Así que a los profes de filo que se quejan de las dificultades que encuentran sus alumnos con la filosofía e incluso a los que caen en las mofas simpáticas, les regalo el Efecto Pigmalión. A mí me sirve cada día y creo que puede ayudarnos. ¡Nuestro cometido es acercar la filosofía a las personas!

Platón está en el bolsillo del pantalón del alumno, sólo hay que ayudarle a encontrarlo ;)

10 comentarios en “Platón en tu bolsillo

  1. Hola Esther. ¡Me ha encantado tu post! Yo tuve la suerte de tener unos estupendos profesores de filosofía, fue mi asignatura favorita en el colegio. Creo que la filosofía debería de enseñarse desde Primaria. Precisamente hoy, mi hijo de 9 años me ha hecho una pregunta que lleva años haciéndome, de diferentes maneras, si todos vemos lo mismo cuando miramos algo. Creo que cuando le respondo, nunca me entiende. Esta vez he aprovechado para hablarle de Platón y “El Mito de la Caverna” y creo que lo ha entendido… Un saludo Esther y enhorabuena por tu blog.

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    1. ¡Gracias Ana! Me alegra que te haya gustado el post :)
      Para mí también fue una suerte tener un profesor que me hiciera apasionarme por la Filosofía. Es estupendo que tu hijo lleve años planteándote cuestiones filosóficas ¡y que vaya conociendo a Platón! Siempre he pensado que todos y todas llevamos un filósofo dentro. Quizás la propuesta del grupo IREF para la enseñanza de la Filosofía en primaria te ayude a encontrar recursos para las conversaciones filosóficas con tu hijo.

      Un abrazo,
      Esther

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